No sé si algún día llegaréis a leer esto. De todas formas, me quedaré corta en todo lo que os diga. Tan siquiera sé a qué conducirá. Lo que si que sé es que es algo que necesito hacer y, finalmente, me he decidido. Hablo en plural porque fuisteis más de uno. ¿Os pusisteis de acuerdo o algo? ¿Echasteis a suerte a quién le tocaba en cada etapa de mi vida? o ¿es que tenía un cartel “abusad de mi” en la frente?.
Tú, el primero de todos, mi “primo” (por decir algo porque hace mucho tiempo que no eres de mi familia). No sé que edad tenía cuando empezaste, 5, 6 años, incluso menos. ¿Te acuerdas? No lo creo. Hace mucho tiempo de ello y además conseguiste escaparte del “marrón” protegido por tu padre. Pero, ¿sabes qué? Yo si que me acuerdo y me acordaré toda la vida. No de todo, pero tengo escenas y momentos grabados en mi memoria que nunca se borrarán por más que quiera.
Me dejabas la Gameboy, que buen primo ¿verdad? Ganándote mi confianza para después aprovecharte. Si yo jugaba, tu también. Para ti, perfecto. Cada fin de semana que venias a comer a casa con tu padre ¡a jugar! Para mi, eran juegos desconocidos ¿En qué clase de juego se le pregunta a una niña “donde prefieres que me corra, delante o detrás”? Ese, desde luego, no lo enseñan en el colegio. No recuerdo en qué pensaba en esos momentos. ¿En qué se piensa cuando te acorralan en una caravana o en un coche? ¿cuándo te hacen hacer cosas que no entiendes? Sin embargo, poseída por algo que todavía no se lo que es, las hacía.
Te pillaron. No recuerdo como, pero te pillaron. Mi abuela se lo contó a tu madre que creo que te dijo algo, no lo sé. Pero lo que nunca olvidaré es el momento en que tu padre te “defendió”. No sé si fue porque no se lo creyó o porque no quería creérselo. ¿Acaso me echaban polvos de talco por gusto? Supongo que debe ser duro que te digan que tu hijo es un abusador. Sus palabras sobre mi: “lo único que hará es romper la familia” te abrieron las puertas de la libertad mientras que alicataban las mías. ¿Seguro?¿Era yo la que iba a romper la familia? ¿Era yo la que estaba abusando sexualmente de una niña?...Mi tío, el que tanto me quería, el que tanto me enseñó, con el que tan bien me lo pasaba...te salvó.
Por si con uno no había tenido bastante, vino otro. Tú...¿qué? ¿querías practicar y no se te ocurrió nada mejor que probar con una niña? Bueno, por lo menos, de vez en cuando, me dabas cinco duros. Supongo que para comprarme chicles y que se me fuera el sabor asqueroso de la boca. A punto estuvieron de pillarte, pero te libraste. Luego se ve que encontraste novia y ya no te hacía falta. Seguro que ya eras todo un experto.
Y, para “rematar la faena”, apareció un tercero. Tú has sido el peor de todos. Quizás porque ha durado más. Quizás porque eres el más reciente y por lo tanto del que más recuerdos tengo y más me ha afectado .O quizás porque te sigo viendo la cara. No me acuerdo de cómo y cuándo empezó, pero sé la fecha exacta en que acabó (aunque hayas vuelto a intentarlo varias veces). Cuando tuve el valor suficiente de evitarlo, de ignorar tus: “ven”. Antes de eso tu ya habías disfrutado bastante. ¡Iluso! Creías que me hacías disfrutar a mi también, nada más lejos de la realidad. Cuando no contestaba a tus “¿te gusta?”, cuando te decía que no quería hacer algo, aunque fuera con un leve movimiento de cabeza, o cuando desoía tus peticiones, era por algo.
Cada vez ibas cogiendo más confianza y te ibas pasando más. Llegaste al punto de decirme algo parecido a “a ver cuando lo haces y así te puedo follar”. ¿Qué, tenías miedo a hacerlo tu? Miedo para lo que te da la gana, porque incluso delante de gente no te cortaste ni un pelo.
Fueron tantas veces, tantas...
Mi subconsciente, harto de la situación, trató de llamar la atención con malas notas, pero su intento fue en vano. Lo único que consiguió fue bajar mi media y enviarme a septiembre.
Con lo que ahora te digo puede que me rebaje a tu nivel (aunque dudo que pueda llegar tan bajo), pero, sinceramente, me da igual. Me gustaría vengarme. Golpearte con todas mis fuerzas, que sintieras mi ira acumulada rompiendo todos y cada uno de tus huesos. Que sintieras el dolor. Así sufrirías una mínima, tan solo una mínima parte de lo que yo he sufrido. Comparando con el mio, ese sufrimiento sería como un leve rasguño. Nunca llegarás a hacerte una idea de las consecuencias de tus hechos.
Podría denunciarte, de hecho, es lo que debería hacer. Pero, si la justicia cumpliera, ¿qué sería lo peor que te podría pasar? ¿ir a la cárcel un tiempecito? Claro, tu en la cárcel viviendo “tranquilamente” mientras yo lucho por olvidar, por ser normal, por intentar ser “como todo el mundo”. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que hacer eso? ¿Por qué en lugar de pasarlo mal porqué me ha dejado el novio o porqué me han caído tres, como cualquier adolescente, tengo que comerme la cabeza? Fácil, por tu culpa. Por vuestra culpa. Hubiera preferido que me matarais a que hicierais lo que hicisteis. Aunque en el fondo, también me asesinasteis
Lo que más me sorprende es la doble cara que tenéis. Vuestra capacidad de ocultaros y hacer como si nada. Es como si te clavaran un cuchillo y, después, se muestran tan normal ante los demás y ante ti misma. Sin sentimiento alguno de culpa ¿No os dabais cuenta de lo que acababais de hacer? Pero claro, yo os ayudaba y os ayudo a ocultarlo, aunque sigo sin saber porqué tenía ese miedo a que se descubriera cuando en realidad lo único que deseaba es que se acabara.
Me costó mucho relacionar lo que me pasaba, cómo era, con los abusos, pero cuando me di cuenta, todo empezó a tener sentido. La antisocialidad, el aislamiento, los días en casa, el silencio, las ganas de nada, la desconfianza, la falta de concentración, la indiferencia ante todo, la baja o casi nula autoestima, el sentimiento de culpa, la introversión, los momentos depresivos...todo. Y esto, la mayoría del tiempo, sin darme cuenta, considerándolo como algo normal en mi vida. Pero no lo es.
Y las consecuencias no han sido solo para mí, sino que, sin saberlo, he ido salpicando con gotas de culpa a mi familia. Desconocedora del porqué, ha tenido que aguantar y lo sigue haciendo.
Cuando abusan de un niño le quitan su infancia, no tiene nada, no crece como persona. Aprende a vivir sin hacer caso a sus sentimientos, porque sentir duele. Se queda sin intimidad, sin la posibilidad de descubrirse, porque ya lo han hecho otros. Sin saber distinguir, en muchas situaciones, lo que está bien de lo que está mal, porque, simplemente, no sabe. Vosotros me quitasteis mi infancia sin que me diera cuenta y con ello mi futuro. Y ahora, la lucha por ser alguien, cuesta mucho, demasiado.
Sin embargo, llegados a este punto, donde parte de lo más difícil ya lo he hecho, miro al futuro con cierta esperanza. Porque puede que haya nacido para algo más que para eso, aunque muchas veces lo haya dudado. Puede que mi destino sea otro. Solo necesito empezar a creérmelo. Empezar a quererme.
Son escasos los recuerdos de aquel niño pequeño y rubio de ojos azul claro que fui.
Era un niño solitario, introvertido, que siempre jugaba solo. No hablaba ni me quejaba, a no ser que quisieran meterme en la ducha. Pasaba las horas tirado en el suelo de mi cuarto, jugando con mis coches.
Mi hermano fue quien destruyó mis días poco a poco sin apenas darme cuenta. Me incomodaba, eso seguro, aunque era demasiado pequeño para ser consciente de mucho más. Era una sensación que ya conocía. No puedo recordar el día que comenzó aquello; sólo soy capaz de recordar esa sensación, la sensación de que ya has vivido lo que te está pasando, y desde luego que era un "juego" que no me gustaba.
No puedo recordar sus palabras, de qué manera accedía, ni como lograba que yo jugara a sus "juegos", pero lo cierto es que lo conseguía, y entre tanto yo callaba y me sentía culpable, sucio y asqueado. Además veía como mi padre siempre estaba por él; era su hijo favorito. Yo tenía más el aspecto de un niño enfermo. Digamos que no daba el perfil para ser el hijo predilecto de "papa" y de "mama". Ella siempre consintió, tanto aquel favoritismo, como lo que mi hermano hacía conmigo.
Recuerdo perfectamente, siendo aún pequeño, que una vez entró ella en la habitación donde mi hermano, justo en ese momento, empezaba a "jugar" conmigo. Pero mi madre, muy lejos de involucrarse, parar aquello y quitarme muchos años de sufrimiento... se limitó a cerrar la puerta para dejarme allí en la oscuridad. Ya nunca volvió, nunca abrió esa puerta. Hasta hace poco aún esperaba, con ojos implorantes, verla abrir aquella puerta. Hoy ya no espero nada.
El agresor campa a sus anchas, se desenvuelve con absoluta naturalidad entre los demás miembros de la familia, y todos le bailan el agua, sin embargo yo soy un "autista", el raro, el que se encierra entre las cuatro paredes de su habitación, siempre solo...
Siempre solo, al igual que en los patios del colegio. Siempre estuve solo, hasta que me acostumbré a tenerme tan sólo a mí. Y mientras tanto él siguió haciendo conmigo lo que quiso, con total impunidad. Me sodomizaba, me obligaba a practicarle felaciones, me humillaba delante de todo el mundo, me insultaba, se burlaba de mí, tanto a solas como delante de sus amigos... y yo... yo bajaba la mirada, callaba, me giraba y volvía a casa, a esconderme en mi guarida.
Puede que para mis padres haya sido tan solo un número, el cuarto, el último de todos. Creo que no esperaban tenerme, fue un error. Pero una vez nacido al menos podrían haber disimulado un poco. Nunca tuvieron la reacción que esperaba. Debo suponer que tratar a un hijo "autista" y "anti-social" era demasiado complicado para ellos, o quizás lo difícil era prestar atención a lo evidente y buscar ayuda.
Mi historia fue así y no puedo modificarla por más que lo desee. Estuve viviendo muchos años entre la desesperación, los abusos, el miedo nocturno, las humillaciones, el continuo disimular y el intento por ser un buen hijo a los ojos de unos padres que nunca vieron en mí a ese hijo que querían; nada era suficiente, y por el contrario, todo lo que venía de mi agresor era bien recibido.
De nada ha servido, familiarmente hablando, relatar lo que me ocurrió. Incluso creo que lo cuestionan, pero para mí ya no hay nada que cuestionar. Es imposible inventar tantas cosas, tantos detalles... ¿Es que no se dan cuenta? ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por celos, quizás? En absoluto; él fue quien siempre sintió celos de mí.
Es tan contradictorio ser abusado, humillado, insultado, y a un mismo tiempo ser también deseado, ser el centro de sus celos. No tiene sentido.
Me condenó a una tristeza y una depresión profunda de la que sigo sin poder escapar del todo. Siempre sintiéndome solo, siempre estando solo. No tenía amigos ni tampoco los buscaba. Creo que lo que yo buscaba no podía ofrecérmelo nadie... tan sólo compartía algo de mí con aquellos cuadernos que llené de escritos donde daba rienda suelta a un odio ilimitado hacia mí mismo. Deseaba la muerte, porque él ya me había matado en vida. Sentía que todos los demás le apoyaron y nunca objetaron nada ante aquella mutilación. Nunca cesaron los abusos, ni siquiera sus insultos.
Revisando años después algunos de mis escritos, descubro que hoy tienen sentidos diferentes a los que le daba en su día. Hoy he abierto los ojos, de alguna manera he madurado, ahondo más en ese dolor, y empiezo a entender mejor lo poco que merecen la pena aquellos seres que decían quererme, que se criaron conmigo, que me dieron la vida, aunque yo hubiera deseado no nacer.
He sido durante muchos años una persona oscura, y creo que siempre quedará una parte de mí que no alcanzará a ver la luz, pero no teñiré todo de negro nunca más, no quiero que me controlen, no pueden, no soy su marioneta, ya no. Lo he sido durante demasiado tiempo.
Ahora, cada vez que el pasado vuelva a mí, intentaré que sea de otra manera, teniendo claro que quienes decían quererme no me quieren, sabiendo que hay personas fuera de aquella familia que realmente me quieren. Es por ellas por quien doy la vida.
Me tendréis por siempre; no me habéis parido, más os debo la vida, sin vosotras hoy no estaría vivo. Si no os hubiera tenido la noche más fatídica de mi vida, todo habría acabado. Pero ellas estuvieron ahí, al otro lado del teléfono, calmándome, reteniendo mis impulsos hacia el suicidio.
Os amaré siempre.
He tenido muchas dudas para saber quién fue mi primer abusador, pero tras hablarlo en la terapia del gam de gasje, llegué a la conclusión de que el primero fue el que yo llamo mi abusador oficial, ya que el hecho fue denunciado y sentenciado, los demás abusos se dieron porque se abrió la veda, se hizo público, y los demás abusadores se aprovecharon de la situación, entre otras cosas de mi indefensión.
La primera carta es para Chavea, mi abusador oficial, la verdad es que tengo que coger la sentencia para acordarme de su nombre, Jesús Inocente Tápiz Urbiola, nacido el 27/12/1925.
La sentencia dice: “Fallamos: que debemos condenar y condenamos a Jesús Inocente Tápiz Urbiola como autor responsable de un delito de abusos deshonestos violentos sin la concurrencia de circunstancias modificativas de responsabilidad criminal, a la pena de seis meses y un día de prisión menor; a los accesorios de suspensión de cargo público, profesión, oficio y derecho de sufragio durante el tiempo de condena, al pago de las costas procesales y a que abone a los representantes legales de la menor ofendida María Angelina Zabaleta Ibáñez, la cantidad de dos mil quinientas pesetas”. Sumario nº 161 de 1963 – Asiento nº 675 bis día 16/6/1966.
Sale barato abusar de una niña ¿verdad?, ¿Cuántos días estuviste privado de libertad? Si entraste en la cárcel el 15/11/65 y saliste el 29/1/66 ¿Dos meses y medio?, sale barato abusar de una niña. ¿Tendremos que cambiar las leyes, no? No puede ser que sea tan barato un terrorismo sexual tan consentido. Ya ves que ya no me callo, ahora que no te tengo miedo quiero gritar a los cuatro vientos que la mentira que contasteis en Miranda, no fue más que eso, una mentira.
Para tapar todo dijisteis que te ibas a trabajar a Alemania, mentira, estabas en la cárcel de Pamplona. A tus hijas las metieron internas en un colegio de Markina (Bizkaia). ¿Por qué? Yo no te provocaba sexualmente ni fui culpable de nada, el único culpable fuiste tú, agresor, abusador. Dile a tu hija mayor Laurita que no vuelva a pegar a mi tía Luisa, le propinó una paliza en Pamplona, en un lugar concurrido. Laurita la culpable de aquellos hechos no fui yo, fue tu papá quien abusó de mí. Me convirtió en una niña resentida, asustadiza, enfermiza, con una sexualidad alterada.
¿Sabes Chavea? Me gusta saber que el pueblo te dio la espalda, que tuviste que cerrar el taller de carpintería, donde abusabas sexualmente de mí, porque los mirandeses no te daban trabajo, se lo pasaron a la competencia, te dejaron de hacer encargos de madera. Fuiste a trabajar de conductor de autobuses, espero que no fuera de escolares.
Me chantajeaste, me asustabas, me obligabas y luego lo negaste todo en el juicio. Eres un ser repugnante, un tío mío y amigo de mi padre, eres un ser despreciable, un borrachuzo y un cerdo.
Quisiste el perdón de mi familia y que no salieran los hechos a la luz, me alegro de que no ganaras. Toda la vida me he sentido señalada pero por lo menos, mis padres hicieron parte de los deberes, se hicieron públicas tus atrocidades y no tengo que cargar con tu culpa.
No hacer terapia, tras estos hechos, me llevó a aprender mecanismos de defensa para sobrevivir. Mi cabeza no se concentraba para estudiar. No sabía de límites. La autoestima por los suelos, llena de culpabilidad, provocadora, una niña con una sexualidad de adulta.
Chavea, eres un miserable, un energúmeno, un ser espantoso.
No sé si leerás esta carta pero quiero que sepan en Miranda de Arga quien eres. El año pasado hablé con un mirandés y no sabían nada de ello. No quiero que se tapen más los abusos. Quiero que se sepa todo, con pelos y señales y sobre todo que no dejen en tus manos a un niño. De nada te sirvió la cárcel, no saliste arrepentido, nunca me pediste perdón, es más, desafiante te acercaste, malvado, para darle el pésame a mi prima. Te tuve delante y no te conocí pero un sexto sentido me dijo que eras tú. Cerdo, malvado.
Toda tu culpa y responsabilidad para ti, haz con ellas lo que quieras, a mí no me pertenecen. Allá tú con tu conciencia.
Mis recuerdos son fragmentados y ambiguos. Eso me lleva a cuestionarme sobre la importancia de recordar conscientemente todo lo sucedido. A veces me da mucha bronca no poder hacerlo, y a veces lo necesito con desesperación, pero bueno... es lo que hay.
Sé que no tenía más de tres o cuatro años. Y el mundo a mis pies. Era el único hijo de unos padres medio raros, cuya relación amorosa iba y venía como el viento. A veces juntos, a veces separados. Mi padre viviendo en casa por épocas...
Durante los periodos en que mi madre estaba sola, sin mi padre, nos instalábamos en la casa de mis abuelos. Ellos vivían en el campo. Lo recuerdo como un lugar maravilloso, donde podía andar a mis anchas y donde lo más simple se tornaba mágico.
Sin embargo siempre hubo algo, aunque fuera muy en el fondo y a pesar de toda la magia del lugar, que me decía que algo no había estado bien. Crecí con la firme convicción de que había algo oscuro dentro mío, con la seguridad de que un monstruo se escondía en mis entrañas.
Recuerdo a mi abuelo como un hombre de costumbres sencillas, policía de profesión y querido y respetado por sus vecinos. Todos me recuerdan como su nieto preferido... a pesar de tener muchos. Solo de grande descubrí cuán preferido fui para él.
Durante toda la vida me he sentido diferente, incomprendido... Toda la vida acompañado por esa inexplicable necesidad de fingir ser otro. Siempre con la idea omnipresente de que al mostrarme "tal cual era" la gente huiría despavorida. Así me fui perdiendo en mi propia maraña, entregado a esta compulsión de agradar, de decir a todo que sí, de mostrarme gracioso, amigable y sumiso. Y por dentro, la podredumbre me seguía ganando el alma. Y las noches en vela, y las ganas de nada... La sensación, si trato de ponerla en palabras, sería algo parecido a estar sumergido en un pozo oscuro lleno de lodo. Un lugar donde los esfuerzos por asomar la cabeza resultaban estériles, donde cada movimiento que intentaba era lento, forzoso, doloroso... Era mejor, entonces, estarse quietito, no intentar ninguna jugada rara y aceptar que jamás me podría enfrentar a un pasado que me llevaba, irremisiblemente, a un destino sobre el que no podía ejercer ningún control. La plenitud no estaba hecha a mi medida; de eso estaba seguro.
Pero... ¿qué era todo eso que siempre me tiraba para abajo, siempre más al fondo? ¿Cuál era la compulsión que me hundía en esa depresión sin retorno? Sólo sabía que el monstruo hablaba dentro de mí, confirmándome presentimientos que apenas me atrevía a comprender. Yo tenía la culpa, yo era responsable de mi miseria. Es más; me merecía esa miseria. ¿Por qué? Simplemente porque estaba sucio, porque era inservible, porque era un fracasado.
El estigma del fracaso me perseguía desde la niñez. A pesar de haber sido un excelente alumno, a pesar de no haber tenido problemas aparentes para relacionarme con los demás... a pesar de ello, toda mi vida sentí el fracaso o la frustración como algo cotidiano.
No había nada que llegara a satisfacerme. Nunca nadie me conformaba del todo. Nunca podía "mostrarme" como era. Nunca podía relajarme. Al final llegó un momento en que me entregué de una manera tan sumisa a los hilos de esta vorágine... que sin duda fue ahí recién cuando entré en la parte más oscura de mi vida.
Esa necesidad de fingir ser algo que no era, o que yo sentía que nunca iba a poder ser, terminó por esclavizarme. Fingía ser feliz, imponente, glorioso, inmutable. De hecho llegué a ser un tipo muy popular en todos los ámbitos de mi vida. Todos querían ser amigos míos, todos querían estar cerca de mí. Todos me querían... ¿todos me querían? No. Definitivamente no. Todos querían a un Marcelo de cartón, a una caricatura, a una imagen que yo proyectaba para ocultar algo de mí que ni siquiera sabía qué era. Pero por dentro el monstruo era más contundente. La apatía me ganaba el alma y se iba comiendo cada vez más mis fibras más íntimas.
Lo peor que alcanzo a recordar eran las noches. Dios... ¡cuánto miedo le tenía a las noches y a la soledad! Ahí aparecía el Marcelo real. Las crisis de angustia, el odio hacia mi mismo... porque estoy seguro que era odio. Me odiaba. Evitaba los espejos para no tener que reconocerme en ellos. Fíjense que llegué al punto de tapar con una cinta autoadhesiva el espejo a la altura de los ojos cuando iba a afeitarme, porque no resistía mi propia mirada.
Me sentía tan solo, tan a la deriva, tan culposo, tan culpable... y otra vez el interrogante. ¿Culpable de qué? ¿¡De qué!?
Casi por casualidad (aunque las casualidades no existen) empecé a ir a terapia. Casi sin querer empecé a reconocer cuáles eran mis miedos, mis dolores, mis partes más oscuras, mis culpas más ancestrales... ¡Y surgió de golpe una imagen y el terror! Recuerdo esa sesión como si fuera hoy. Hablando de cualquier otra cosa (aunque sabemos que en un contexto de terapia no existe el "cualquier otra cosa") apareció en mi mente una mano, muy vívida. Una mano que se acercaba, y que me iba a hacer daño. Una mano a la que yo podía verle las uñas recién cortadas, a la que podía verle cada unos de los pliegues de su palma... Y no quise recordar más. El terror se apoderó de mí, y tuvieron que medicarme...
Por un tiempo no quise ni pensar en esa mano. No quería recordar más. No quería... pero entonces empezó a aparecer en mis pesadillas. Y peor, empezó a aparecer acompañada de otras sensaciones que lo hacían más real. El olor de los eucaliptos... el ruido de un camión en marcha.... no podía apartar esa mano de mi pensamiento aunque quisiera. No podía hacer como si no existiera... sentía que me iba a volver loco. De remate. Definitivamente loco. Pero no. Fue otra vez en terapia donde tuve que empezar una vez más a hablar de esa mano que se aparecía todo el tiempo en mi cabeza, y también de las sensaciones que la acompañaban. Esa vez, en terapia, supe que había sido abusado sexualmente. Esa vez adquirí plena conciencia del horror. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? Y sobre todo... ¿por qué?
Todavía tardé un tiempo en desenmascarar la identidad de mi agresor. Mi mente lo defendía a capa y espada; no quería dejarlo desnudo ante mi mirada adulta. No quería que descubriera que una de las personas en quien más confiaba, era la que más daño me había hecho en toda mi vida. Pero fue así. De a poco fui reconociendo esa mano, y el aroma a eucalipto del campo de mis abuelos, y el camión de mi abuelo, y el anillo en la mano de mi abuelo...
Qué difícil describir la infinita tristeza que me encogió el alma cuando por fin dejé al descubierto a mi abusador... que desilusión, qué decepción tan grande la que desgarró mi corazón.
No recuerdo mucho más que esa mano. No tengo conciencia real de qué fue lo que me hizo. Ni el tiempo que duró. Sólo que empezó a los tres años, aproximadamente, y terminó a los ocho.
Es tan difícil empezar a aceptar que la persona que tiene que cuidarte es la misma que, para satisfacer su perversión, te usa y te condena a una vida de sufrimiento. Es tan difícil de entender que la culpa no es tuya... Y lo tenés que repetir una y otra vez. La culpa no es tuya, no es tuya... y por más que lo intentas, por dentro, sentís que toda la culpa recae en tu pecho.
Es tan difícil quererse a uno mismo... aceptarse... Cómo iba a quererme cuando estaba "demostrado" que no merecía el cariño de nadie. Es tan difícil sentir que el futuro puede ser diferente. Es tan difícil entender que otra vida es posible, que puede haber un destino alternativo, un horizonte propio. Es tan difícil entender que tu vida no está arruinada sin remedio. Entender que está en tus manos cambiar el rumbo, barajar y dar de nuevo.
Es demasiado dolor. Demasiado. Es demasiada tristeza acumulada. Demasiados años de silencio y de soledad. Son demasiados miedos los que guiaron mi vida. Demasiadas culpas ajenas. Demasiado horror. Hasta que decidís que no es demasiado. Hasta que por una razón de pura supervivencia volvés a intentar ponerte de pie. Y las cosas aparecen más claras, el panorama más abierto. Y acá estoy. Entre ustedes. Con esta historia a cuestas, con este dolor a cuestas. Y con toda una vida que me espera. Y con toda la esperanza que nunca tuve. Porque el miedo ya no es mi guía. Porque tomé el timón de esta embarcación para convertirme en mi propio capitán, tripulante y pasajero.
Otras veces, algún tiempo después, yo hacía mi tarea en la mesa del comedor y él llegaba de visita de rutina, como casi todas las mañanas. Se sentaba bien pegadito a mi silla. Mi mamá estaba de espaldas a la mesa, preparando el almuerzo, cortando, picando, trozando, lavando, mientras yo trataba de concentrarme en mis sumas, en mis oraciones, pero ese olor a… ¿sexo? No sé, sólo sabía que ese era su olor cuando tenía pretensiones conmigo. Ese olor empezaba a distraerme y me paralizaba; me quedaba quietita, como una estatua, procurando sólo toser o mover un poco más ruidosamente los lápices para que mi mamá no escuchara el ruido de su masturbación, ni el de su respiración. A veces, mi mamá se daba la vuelta y él continuaba con sus manos abajo, apoyado con los hombros en el filo de la mesa, su boca semiabierta y la lengua asomada, con cara de lobo sediento y hambriento, mientras yo hacía grandes esfuerzos para concentrarme en mi tarea, mientras mi corazón latía desbocado ante el temor de que mi mami lo advirtiera, ¡PERO NO!, ¡nunca advirtió nada!, hasta el punto que se sacaba el delantal y le pedía la gauchadita de cuidarme y ayudarme a terminar la tarea, mientras iba al centro de compras y volvía. Y se iba… ¡Siempre se fue! Entonces, mi pulso se aceleraba aun más, y aunque me aliviaba porque mi mamá no nos hubiera descubierto, temía por lo que vendría después. Sabía que tenía que dejar que las cosas pasaran, que era sólo un ratito. Cerraba los ojos y pasaba.
Me sentaba en la punta de la mesa y me penetraba. Yo no veía la hora para que terminara e irme corriendo al baño a lavarme. A veces dolía tanto que hasta llegaba a sangrar. A veces el olor era tan fuerte y nauseabundo que tenía que cambiarme la bombacha. Cuando al fin me dejaba, corría asustada a encerrarme en el baño. Me impregnaba con jabón para que nadie sintiera aquel olor cuando saliera de allí, siempre tratando de ocultar cualquier evidencia que pudiera develar aquel secreto… ¡¿por qué?!
Mis recuerdos más nítidos los ubico en aquellas mañanas en las que yo dormía… Escuchaba su chata llegar, escuchaba cómo entraba en casa. Entonces, yo me tapaba, aunque me muriera de calor. Me retorcía como un nudo, tratando de tapar cualquier hueco que quedara para entrar bajo el cubrecama… Sabía que vendría. Y así era. Antes que cualquier otra cosa, y como de costumbre, preguntaba por la chinita. Y mi mamá lo mandaba a despertar a la remolona. Oía cómo sus pasos se acercaban y en unos segundos se desbarataban todos mis esfuerzos con el cubrecama. Siempre encontraba el modo. Empezaba a deslizar su mano por mis piernas, mi pecho… Yo me hacía la dormida… ¡¿por qué?! ¿Por qué no me levantaba antes?, ¿por qué no gritaba?, ¿por qué no le miré a los ojos y lo corrí de mi cama?, ¿por qué no hice eso recién a los doce, a los catorce, a los quince?, ¿por qué no pude hacerlo antes?
Y acá lo más terrible que he debido afrontar: ¿disfrutaba? Era placer corporal, sensaciones desconocidas. La vida se me está yendo tratando de entender, de reconocerme como una criatura erógena, incapaz de distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal. Y es que ¿cómo podía estar mal algo que causaba tanto placer? Todavía hoy me cuesta encontrar respuestas. A pesar de toda la lógica y la racionalidad de mis años, sigo perdiéndome en el vacío. Si esto es así, ¿qué respuestas podía encontrar mi pobre niña?
¡Maldita sea! Siempre me dijeron que no comiera tantos caramelos porque se me caerían los dientes, pero nunca me dijeron que no dejara que me tocasen porque me arruinarían la vida.
Cuando advertí que aquello no era normal, ya era demasiado tarde. Él seguía insistiendo, aunque entonces ya podía hacer uso de buenas artimañas para esquivarlo, evitarlo, rechazarlo, correrlo… La última vez que intentó tocarme tendría yo alrededor de quince años, quizás. Pude pegarle una cachetada, mirarlo fijo a los ojos y advertirle que no volviera a intentarlo, que no se acercara más, porque todo el mundo sabría lo que me había hecho.
Imagino que seguirá viviendo con total impunidad, quién sabe si haciéndoles lo mismo que a mí a otras criaturas. Para todo el mundo fue lo mismo que esto saliera a la luz. Todos siguieron no estando, no viendo.
Y yo acá, tratando de reconstruirme desde otro lugar, desde otros afectos, otras emociones…; cometiendo errores, cayendo una y otra vez…, pero sigo en pie, buscando desesperadamente todos aquellos abrazos, el refugio y la protección que no tuve en su momento.
Duele. Este nuevo proceso es sumamente doloroso, pero estoy dispuesta a destapar y a dejar de evitar para que nunca más vuelva a dolerme. Ansío poder encontrarme con lo más hermoso y más espantoso que tengo dentro para elegir de una vez y para siempre aquello que me pertenece de verdad y con lo que quiero quedarme.
Llevo tiempo buscando la mejor manera de expresarme, intentando dar con la fórmula que me permita contar —y contarme— mi historia. Y debería ser así, porque, a decir verdad, nunca lo hice; sólo fui capaz de plasmar pequeños fragmentos en clave en aquel diario que guardaba celosamente en mi adolescencia; retazos de un pasado donde relataba cómo me habían cagado la vida, cómo aprendí desde tan pequeña a sentir aquel odio tan inmenso…
Vueltas y más vueltas, viendo mi historia como un ovillo al que no acierto a encontrarle un principio. Pero lo encontraré; sé que hoy es el día indicado para sentarme a escribirla, porque estoy abierta hacia adentro, porque me estoy mirando, porque estoy sensible a mí, porque llueve… y porque tengo ganas de que me abracen.
Hasta acá, siempre me he sabido abusada sexualmente, y en este nuevo proceso que he iniciado me estoy ocupando de las secuelas, de las consecuencias, aunque todavía me cuesta mucho empezar por donde debo; allá donde más duele. ¡Me cuesta tanto recordarme y reconocerme en esas situaciones! No me gusta hablar de ello; nunca he podido sacar fuera esos recuerdos que, como dagas encendidas, corren y queman las venas, las entrañas…
Algunas imágenes son muy fugaces, pero al mismo tiempo van acompañadas de sensaciones muy fieles e intensas, sensaciones que quedaron impregnadas en la piel y que me remiten a una muy corta edad, quizá a los tres o cuatro años, y que no me abandonan hasta los quince…, quizá dieciséis.
Mi tío, el marido de la hermana de mi madre, siempre cerca, siempre dispuesto para el cuidado de su sobrina. Siempre con una buena excusa, buscando la ocasión para estar solos.
Algunas de las imágenes más nítidas pertenecen a la época en la que me subía a su chata. Lo recuerdo mirándome con esos ojos grandes y negros…; esa boca grandota y sedienta; sus manos pesadas y ásperas; su respiración incitante, con aquel olor que aún hoy suelo reconocer. Me llevaba con él a comprar las cosas para el asado familiar; me invitaba a aprender a manejar, subiéndome sobre sus piernas, apretujada contra el volante y su abdomen. Mientras con carita de distraída yo me hacía la que disfrutaba de aprender a manejar, él me recorría con esas manazas tan grandes, tan pesadas, tan ásperas, tan feas… Me fregaba y respiraba profunda y asquerosamente en mi oído. ¡Metía sus grandes dedos en aquel lugar que era tan mío! Y me respiraba al oído… Lo siento hoy, aún lo siento; el ritmo de la respiración agitada y entrecortada, como un gruñido entre dientes… Yo no lloraba. Por aquel entonces, de niñita, no lloraba. Tampoco escapaba, ni gritaba, ni me asustaba…
Guardo imágenes de algunas tardes de mucho calor, de cómo mi mamá nos preparaba a mi hermana y a mí para que el tío nos llevara a la pileta. Por alguna extraña razón, mi hermana siempre se lo hacía venir bien para que me tocara entrar primero a la cabina de la chata y sentarme al lado del tío. Recuerdo a mi hermana sentada en la otra punta de la butaca, con la nariz pegada a la ventanilla y mirando hacia afuera. Y yo al lado de él, para que hiciera lo de siempre. Después, en el agua, cuando me tiraba del trampolín y caía, y él me agarraba, me sostenía, me tocaba…, y también me penetraba.
A veces, sólo a veces, no quería tirarme del trampolín…
También recuerdo escenas en el patio de mi casa, a plena luz del día. Veo gente deambulando por la casa, aunque no logro descifrar qué hacían, dónde estaban con exactitud cuando él me tocaba y hacía que lo tocara; dónde estaban cuando me sentaba entre sus piernas y me ponía de rodillas, obligándome a hacerle tantas cosas que aún hoy me resultan innombrables.
Asco. Recuerdo haber sentido mucho asco. Tener que sentir y soportar todo eso en mi boca, mientras sus manotas, sosteniéndome de la nuca, me empujaban hacia delante y hacia atrás. Y yo no sabía dónde estaba la gente.





