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Los niños que dejaron de soñar

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Seducción y placer

Publicado por Joan Montane lunes, 31 de agosto de 2009 29 comentarios

Dos palabras, las del título, que al aplicarlas al abuso sexual infantil nos pueden desconcertar. Y nos desconciertan no cuando lo aplicamos a la mente perversa del adulto, sino cuando lo hacemos con el menor. Cuando se trata de abusos intrafamiliares son dos conceptos que debemos tener presentes si queremos comprender algo más de las complejidades que encierra este lacerante asunto.

Al pensar en una situación de abuso a uno le vienen a la cabeza imágenes de violencia, imágenes del menor viviendo un infierno y, en todo caso, situaciones que el niño nunca desearía que hubieran ocurrido. Quizá la clave sea situarnos en la mirada que efectuamos hacia el pasado, incluso los que hemos tenido que vivirlo. No siempre es el niño quien tiene la consciencia de desear que nunca hubieran ocurrido; en cambio sí es el adulto quien puede observar y analizar esta realidad sin atisbo de duda. Para el menor existen otras realidades que tienen que ver con el cariño, con la dependencia y con el desconocimiento de una realidad que apenas comprende. Estas diferencias en la percepción de un mismo hecho son muy importantes a la hora de entender estos conceptos del enunciado.

En los abusos intrafamiliares no suele existir la violencia tal como la entendemos la mayoría, aunque sería muy discutible afirmar que el abuso sexual infantil, en sí mismo, no sea ya un acto de violencia. Pero entrar en estas disquisiciones nos llevaría a desviarnos del tema.

Lo habitual es que el adulto, generalmente el padre o quien desempeñe este papel, introduzca al niño en un juego que no entiende pero que casi siempre acepta; un juego de seducción creciente donde se va avanzando poco a poco hasta convertir al menor en cómplice de esta insana relación. En este juego es siempre el adulto quien pone las reglas y el niño quien las acata, incluso de buen grado en determinados casos, un aspecto del que se habla poco. Ese es el poder de la seducción, basada en un claro abuso de poder, y cuya perversa finalidad es dejar al menor sin recursos para escapar de esa situación. Y no sólo al menor. Cualquier otro adulto que intente poner fin a unos abusos de estas características tiene la guerra perdida. Cuando se dan signos físicos o psicológicos más o menos evidentes, o cuando el niño habla, aún contamos con armas para luchar, que no para vencer, pero si no tenemos ni eso, las posibilidades se reducen prácticamente a cero.

Una mirada retrospectiva a mi propio pasado me lleva a identificar ese juego de seducción. Y también recuerdo que jamás hubiera delatado a mi padre, a pesar de que el placer no formaba parte del entramado emocional en el que estaba atrapado; un entramado que sólo se resuelve cuando ya eres adulto y se reúnen las condiciones para que te puedas enfrentar a ello, que dicho sea de paso, no ocurre a menudo.

En mi caso este binomio de seducción y placer no iban de la mano, pero en otros casos sí puede darse. En el abuso sexual infantil existen verdades incómodas, como que el menor pueda experimentar placer. Esto no es una película con final feliz, y no reconocerlo, por incómodo que sea, sólo perjudica a quienes nos enfrentamos con esta lacra. La información junto a un conocimiento exhaustivo y libre de prejuicios es lo que nos permitirá luchar con más efectividad.

El placer experimentado a través de un abuso sexual (que tampoco debemos equipararlo con el placer adulto) no atenuará la gravedad de los hechos ni de las posteriores secuelas. Quizás al contrario, pues haber sentido algún tipo de placer, cada vez que he hablado con un adulto, sólo ha servido para aumentar su sensación de culpabilidad y de rabia hacia uno mismo. Lo que sí puede suceder en estos casos es que durante la infancia las secuelas no se manifiesten, incluso podemos tener la sensación de que el niño es completamente feliz. Hasta que llegue el día en que las cosas se tuerzan.

La seducción es la estrategia más habitual del abusador intrafamiliar, y el placer una consecuencia que ocurre a veces y que la víctima, una vez adulta y enfrentada a la realidad, nunca hubiera querido experimentar.

Entrevista Onda Cero

Publicado por Joan Montane jueves, 27 de agosto de 2009 6 comentarios

A primeros de agosto me entrevistaron en Onda Cero. Al principio no estaba la grabación. Hoy se me ha ocurrido volver a mirar y ya está.

El problema es que no logró poner el enlace ni el audio directamente, así que lo dejo para que lo pongáis en el navegador.

De entrada salen todos los audios. Bajar al final de la página y darle al último. Se abrirá una ventana donde salen varios audios. Arriba a la derecha pone 1 de 5 (como se van añadiendo igual varía). Hay que darle hasta que lleguar al último, que es el mío y clicar.

Ahora solo queda clicar a la izquierda, donde pone pulse para reproducir.

Esta casi al principio. Si acaso correrlo un poco con el cursor hasta que empiece. Es bastante largo.

http://www.ondacero.es/OndaCero/microsite/Quedate-conmigo/7533881/audios

¿Odio, rencor, indiferencia?

Publicado por Joan Montane martes, 25 de agosto de 2009 11 comentarios

En mis intervenciones en prensa, radio y televisión ha surgido a menuda una pregunta: ¿Sientes odio hacia tu agresor? O planteada de otro modo: ¿Has perdonado a tu padre? Obviamente mi padre fue quien cometió los abusos.

No es una pregunta que pueda responderse con un simple monosílabo. O mejor dicho, si se puede, pero no sin la correspondiente argumentación. Por lo que a mi respecta las respuestas son que no siento odio ni rencor hacia mi padre y que no le he perdonado. Es posible que de entrada parezcan contradictorias, de ahí la necesidad de razonar mi posicionamiento.

En la vida puedes tomar muchas decisiones, pero elegir lo que se siente o lo que se deja de sentir no es una cuestión tan simple como elegir si vas de vacaciones a Grecia o a Italia o vas a comer tallarines o ensalada. Hay aspectos que no están tan ligados a nuestro poder de elección como quisiéramos. Es un proceso que sin duda puede transformarse con el tiempo a través de la experiencia y el aprendizaje, pero al formar parte de la esencia del propio individuo y estar también interiorizado mediante el aprendizaje, no resulta sencillo implementar las modificaciones que nos dicta la razón. Dicho de otro modo, el sentido común nos puede indicar que nuestros sentimientos hacia el abusador han sido inducidos de un modo malsano y que debemos modificarlos, pero la comprensión de este hecho no basta para eliminarlos sin más. De ahí el conflicto por el que transitan muchas personas que han sido víctimas de abusos y la consiguiente dificultad para explicar porque uno siente lo que siente. Afirmar, como sucede a menudo, que uno quiere a su agresor, no puede hacerse con un sí o con un no. Y otro tanto ocurre con las dos cuestiones planteadas en el enunciado.

Personalmente puedo decir que me siento afortunado de que mis respuestas a esas dos preguntas sean las que son, porque considero que eso es lo que me permite hacer lo que hago. Abordar los abusos sexuales, bien sea desde una óptica personal o bien en términos más generales, y hacerlo desde el odio, el rencor o arrastrando secuelas no resueltas, no es el mejor modo de enfrentarse, ni menos aún se puede pretender estar en posesión del enfoque adecuado y efectivo para tratar esta cuestión.

Decía que uno no elige lo que siente, y que la ausencia de odio hacia el abusador unida a no tener la necesidad de perdonarlo dé una impresión contradictoria. La clave, diría yo, radica en la comprensión de los hechos y en la gestión de los sentimientos. Aquí me gustaría hacer un inciso para señalar que esos sentimientos negativos pueden servir en un momento dado como un trampolín para seguir avanzando. El problema aparece cuando se enquistan y no somos capaces de superarlos. Una existencia regida por el rencor proveniente de unos hechos del pasado, por graves que estos fueran, nunca nos reportarán una solución satisfactoria.

No he elegido mis sentimientos. Soy así. Y al contemplarlo desde mi situación actual creo que me está siendo más beneficioso que perjudicial. Pero claro, tampoco pierdo de vista que en el proceso ha habido un largo periodo de tiempo donde nada parecía tener solución ni sentido.

No he perdonado a mi padre. Me elección, quiero pensar, ha sido hecha desde la libertad y la racionalización de lo sucedido. Muchos consideran el perdón como el último eslabón de la cadena en el proceso curativo, y no dudo de su efectividad en la medida en que se cree en ello. El poder de las creencias y del convencimiento surge del propio individuo. Esa es su verdadera fuerza. Y esas creencias, en cada individuo, beben de distintas fuentes.

Desde mi punto de vista el perdón, focalizado en mi padre, no tiene ningún poder ni efectividad para mí ni para el agresor. En primer lugar porque no lo asocio con liberarme de una pesada carga, cuya existencia, eso sí, es real. Mi liberación se ha producido al entender que la culpa recae en el agresor, con lo cual me considero exento de hacer nada en este sentido. Y a partir de ahí entiendo que es el culpable quien requiere el perdón, de igual modo que para hacerse acreedor del mismo no hay otra posibilidad que obtenerlo mediante los propios actos, y no por una concesión que pueda hacer la persona agraviada. En definitiva, el perdón no se da; se gana.

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