Cuando estuvimos muertos

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Los niños que dejaron de soñar

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El suicidio

Publicado por Joan Montane domingo, 26 de abril de 2009 8 comentarios

Cuando se habla de asuntos desagradables o circunstancias más o menos ingratas que afectan a otras personas, uno suele experimentar una cierta sensación de alivio. Incluso, a veces, más que alivio: lo que se siente es la seguridad o la certeza de que, según qué cosas, no pueden afectarle. Una de ellas es el suicidio.

Quizá las sensaciones más habituales, cuando hablamos de suicidio, sean la extrañeza, la incomprensión o incluso un sentimiento de superioridad. En cualquier caso, para más de uno, existe el convencimiento de que hay ciertas cosas que están más allá de toda lógica. Pero, dejando a un lado esas hipotéticas certezas, también encontraríamos un gran desconocimiento, miedo, egoísmo o la simple y llana negación a inmiscuirse y tratar de comprender, aunque sea mínimamente, otros mundos, otras historias y otras realidades.

Algunos hemos deambulado por la vida protegiéndonos con un muro de contención; con ladrillos que, a modo de creencias, experiencias o sueños, nos han librado del aterrador vacío exterior. Sabemos que está ahí, pero hacemos cuanto está a nuestro alcance para no ver aquello que no queremos ver, y como no lo vemos, pensamos que no existe. Y si algún día su existencia nos toca más de cerca de lo que quisiéramos, nos tranquiliza constatar que no tiene que ver con nosotros, sino con los demás.

No creo afirmar nada nuevo si digo que en esta vida existen pocas certezas, más allá de las que cada cual se construye o de las que adquiere en los variados supermercados de creencias y religiones. Quizá la muerte, como se suele decir, sea la certeza más incuestionable e ineludible de todas. Y tampoco es esta una materia que sepamos manejar demasiado bien, así que una buena parte de la humanidad prefiere aferrarse a la vida como si fuera eterna. Nos imbuimos de realidades que den sentido a nuestra existencia, aunque dichas realidades sean cualquier cosa menos reales, y avanzamos ajenos al vacío que nos rodea. Sin entrar a cuestionar su mayor o menor trascendencia, el caso es que nos hace sentir vivos y a salvo. Pero ¿a salvo de qué? Obviamente, a salvo de todo aquello que nos lleve a pensar que nuestra vida no tiene ningún sentido. Necesitamos tener esa sensación, vivir en ella, pues, de lo contrario, nuestra estabilidad emocional estará en peligro. No todos hemos tenido la suerte de tenerla en todo momento. A veces ocurren cosas que nos alejan de ese entorno seguro. A veces, nos enfrentamos a ciertos hechos imprevisibles y catastróficos; hechos que no buscamos, que no quisimos y que derribaron nuestro muro de contención. Y eso sucedió en la época donde menos podríamos esperarlo y donde menos preparación teníamos para enfrentar hechos de semejante calibre: nuestra infancia.

Quienes nunca han visto peligrar ese muro tampoco suelen comprender a los estigmatizados, aquellos cuya historia les ha condicionado hasta tal extremo la vida que su instinto de supervivencia termina convirtiéndose en una tortura más que conviene superar, y, en ocasiones, termina haciéndolo mediante el suicidio, una de las secuelas más desconcertantes, complejas e inquietantes del abuso sexual infantil.

A una persona que ha tomado la firme decisión de suicidarse, de nada le sirve que le hablen de la existencia de otras salidas mejores o de que el tiempo lo cura todo. Estos razonamientos tienen la particularidad de agobiar todavía más al presunto suicida. Si has tomado esta decisión y lo has hecho porque no ves otra alternativa, ¿de qué sirve que te digan que hay otra salida? Si tú no la ves, estos comentarios sólo aumentan tu frustración. Siquiera eres capaz de vislumbrar algo que a los demás les parece tan evidente, con lo que terminas creyendo que eres más inútil todavía, reafirmándose la postura inicial de suicidarte.

Cuando le hablamos a alguien que se halla inmerso en este trance, debemos tener muy claro que nos estamos dirigiendo a una persona que se encuentra en una situación muy distinta a cualquier otra imaginable. No tiene nada que ver con lo que conocemos, a no ser que también hayamos pasado por lo mismo, por lo tanto, sería una estupidez decirle que comprendemos por lo que está pasando.

¿Qué podemos decir entonces? Desde luego, ninguna abstracción. Frases como “La vida es maravillosa” no le van a alentar en absoluto; más bien lo interpretarán como una puñalada. Creo que lo único que sirve son los hechos concretos, cercanos…, en vez de la frase “Entiendo por lo que estás pasando”, ya que probablemente no lo entiendas en absoluto; sería más adecuado: “Quisiera entender lo que estás pasando”, o: “Me gustaría estar a tu lado, si me dejas”. Y nunca emitir juicios; los juicios dejémoslos para nuestra propia persona, que es donde siempre deben ser aplicados.

Cuando se llega a plantear el suicidio es porque ya no se vislumbra otra alternativa mejor para uno mismo, e incluso para los demás. Quien decide quitarse la vida también lo justifica creyendo que los demás estarán mejor si desaparece.

Debo confesar que el suicidio me sorprendió por su gran incidencia en los abusos sexuales. Tenemos la lógica tendencia a comparar partiendo de nuestras propias experiencias y percepciones. En el primer caso, debo decir que el suicidio no ha formado parte de mi amplio arsenal de secuelas, y en cuanto a las percepciones, es cierto que siempre la he contemplado como una posibilidad que nos toca muy de cerca…, pero nunca pensé que tanto.

Hace algún tiempo, efectué una encuesta entre los miembros del foro de nuestra web. De hecho, es la encuesta más antigua. Me llamaron la atención las continuas alusiones que se hacían al suicidio, así que lo planteé, con el objetivo de averiguar qué porcentaje había intentado suicidarse en una o más ocasiones. No se contemplaban pensamientos suicidas, sino hechos consumados. Evidentemente, sin éxito, claro. La muestra es de ciento sesenta y dos personas y este el resultado:

Lo he intentado una o más veces: 61%
No lo he intentado nunca: 39%



La idea del suicidio no es una ocurrencia que surja sin más ni más; es una larga y constante acumulación de tristeza, soledad, incomprensión y silencio; una nube cada vez más oscura que termina por sobrepasarnos, alcanzando un punto sin retorno, donde ya no vemos otra salida para liberarnos de una vida en la que se agotaron las ganas y los recursos para seguir adelante. A partir de ahí, nos adentramos en una espiral donde se empieza a fantasear con la idea de poner en práctica el recurso definitivo.

En los peores momentos de nuestra vida, el suicidio puede llegar a parecer un mero trámite que viene a confirmar una realidad que uno ya siente muy adentro: la de sentirse muerto. Y si ya nos sentimos muertos en vida, lo único que nos queda por hacer es corroborarlo con nuestra última acción. Por suerte, nuestros planes no siempre se cumplen. A pesar de todo, y aunque al principio cueste creerlo, siempre hay una nueva oportunidad a la que aferrarnos.

El suicidio es el resultado de la exacerbación de todas las demás secuelas. Se rebasa el límite y desaparece cualquier asidero que nos permita ver algún sentido a nuestra vida; una vida en la que ya sólo se percibe sufrimiento y ninguna posibilidad de que pueda revertirse esa situación.

Probablemente, no lleguemos a encontrar una respuesta a la tendencia suicida, como si esta apareciera per se. Hay que reconocer las secuelas asociadas y lograr que disminuya su intensidad, reconociendo su origen, que, en nuestro caso, son los abusos sexuales. Y si podemos recorrer este camino de la mano de otras personas que estén en una situación parecida, tendremos mucho ganado.

Amnesia

Publicado por Joan Montane jueves, 23 de abril de 2009 15 comentarios

Es posible que el término amnesia sugiera una imagen excesivamente categórica, una imagen que no se ajusta a lo que pretendo explicar. De hecho, son estadísticamente pocos los que no tienen recuerdo alguno de los abusos sexuales de que fueron objeto en su infancia; no obstante, son más que suficientes como para tenerlos en cuenta. Por lo general, la mayoría tenemos lagunas más o menos extensas que abarcan episodios concretos de nuestro pasado. Dichos episodios pueden tener relación con los abusos, aunque también pueden abarcar épocas y sucesos que no parecer estar conectados con estos.

Quizá podría haber utilizado el término memoria, un concepto con connotaciones menos contundentes y, por qué no decirlo, menos alarmantes. Pero si tenemos en cuenta que hablar de abusos sexuales en la infancia ya es de por sí alarmante, no tendría mucho sentido perdernos en un debate terminológico cuyo objetivo fuera encontrar un concepto más light. Además, hay personas que realmente no recuerdan apenas nada; sólo tienen intuiciones, flashes o sospechas, algo en lo que profundizaremos a continuación.

Por lo tanto, podríamos concluir en que hay una especie de amnesia selectiva, pero se trataría de una amnesia aparentemente aleatoria, pues si bien lo que en algunos casos se elimina de la memoria consciente son los abusos, en otros sucede justo lo contrario: sólo se recuerdan los episodios de abuso, sin recordar apenas nada del resto de la infancia. La razón última de una u otra selección podría estar en la cantidad de abusos sufridos. La mente hace el esfuerzo de desechar los recuerdos especialmente perjudiciales para no romper la normalidad en la que nos hallábamos. Cuando el abuso es ocasional, cabe la posibilidad de que nuestra mente cumpla con esa función, pero cuando se trata de abusos que pueden durar muchos años, entonces, el sistema falla y nuestra mente elimina indiscriminadamente los recuerdos, de tal forma que se llegue a invertir el proceso para recordar de nuestra infancia tan solo los abusos.

Llegados a este punto, es inevitable preguntarse: ¿cómo llegan las personas sin recuerdos a descubrir lo que sucedió en su niñez? Algunos sospechan de la existencia de abusos, basándose en indicios o flashes inconexos que, con el tiempo, terminan concretándose en algo más, aunque no mucho más, habitualmente. No es aconsejable crearse demasiadas expectativas en este sentido. En otros casos, es el terapeuta quien puede ir atando cabos e insinuar esta posibilidad. A veces, surge el recuerdo de repente, por ejemplo, ante el nacimiento de un hijo o cuando un hijo tiene la misma edad que teníamos nosotros cuando sufrimos los abusos.

Por uno u otro camino se va confeccionando poco a poco una suerte de rompecabezas en el que faltan muchas piezas, pero que, al mismo tiempo, resultan suficientes para recrear el escenario de un pasado que se enterró hace tiempo en el olvido. A pesar de todo, en esas circunstancias no cabe esperar que las dudas desaparezcan por completo. Todos quisieran poseer ese recuerdo nítido e incontrovertible que legitime su postura y elimine cualquier sentimiento de culpabilidad.

La razón por la que se recupera parte de la memoria, así como otras veces se convierte en una lucha con escasos resultados, es algo que excede mis conocimientos. Quizá se reduzca a algo tan simple como estar preparados para asumirlo o no estarlo. Parece lógico pensar que si estamos predispuestos a enfrentarnos con nuestro pasado lleguemos a obtener mejores resultados que si lo mantenemos todo en secreto.

La culpa de que nuestros recuerdos se hayan convertido en un territorio inaccesible reside en la incapacidad para conectar con la causa originaria. El desconocimiento del origen entorpece en gran manera el inicio de cualquier proceso de recuperación. Sería como tratar de medicarse sin saber a ciencia cierta qué enfermedad nos está afectando. De todos modos, ya me apresuré a señalar con anterioridad la existencia de una serie de síntomas que llevan al afectado a generar ciertos recursos, como las sospechas, flashes imprevistos y otros. No es un gran alivio, pues en el mejor de los casos se tratará de un proceso angustioso en el que siempre nos estarán acechando las sombras de la duda. Los pensamientos intrusivos del tipo “¿No me estaré inventado todo esto para justificar algo para lo que no encuentro una mejor explicación?” suelen estar a la orden del día.

A veces, intento realizar el ejercicio de viajar al pasado, y la verdad es que todavía me crea enormes dificultades situarme en la mente de ese niño que un día fui y saber qué pasaba por mi cabeza. Creo que no pasaba nada. O, en consonancia con lo escrito hasta ahora, no recuerdo nada. Sí de los hechos, pero no de lo que pensaba de ellos. Yo diría que el pensamiento sobre lo que me estaba sucediendo no tenía una explicación y, probablemente, si intuía alguna, esta no era buena, así que lo mejor era desecharla. A partir de ahí, la reiteración y el tiempo terminan invalidando la eficacia del mecanismo del olvido, si es que alguna vez la tuvo. Y para terminar, se borran los recuerdos sin que intervenga un patrón lógico, y es cuando aparecen las consabidas lagunas y problemas con la memoria.

Llama la atención esa similitud de sensaciones, sentimientos y secuelas que experimentamos las personas que hemos padecido ASI, y más aun cuando siempre habíamos creído que no existía nadie que tuviera esos pensamientos y actitudes tan… ¿diferentes? Sin duda, actúa como un bálsamo averiguar que, después de todo, no somos tan extraños como creíamos. También reconforta saber que lo sucedido tiene una explicación lógica. Y eso mismo es aplicable a nuestros problemas de memoria.

El esfuerzo al que nos obligamos para aislar del recuerdo aquel episodio de nuestra niñez nos obliga a pagar un peaje bastante oneroso. Al someter repetidamente nuestra memoria al olvido ocurre algo parecido, por utilizar un símil, a lo que sucede con la quimioterapia. Al final, se elimina lo bueno y lo malo. Tenemos permanente activado un dispositivo de eliminación, de ahí que no deba sorprendernos que en muchas ocasiones se nos olvide, incluso, lo que teníamos pensado hacer apenas unos segundos antes. Lo que habíamos achacado siempre a nuestro proverbial despiste, como vemos, puede tener su origen en los abusos sexuales de la infancia.

Extracto del libro "Los niños que dejaron de soñar"

Una poesía

Publicado por Joan Montane miércoles, 22 de abril de 2009 3 comentarios

CARTA PARA LA TRISTEZA



Nos veremos las caras
Algún día
Si el destino se confunde
Y tú cruzas por mi calle
Cuando regreso curtida
De todas mis pesadillas

Pero pensándolo bien
Tal vez no me reconozcas
Porque ya no soy la misma

Tuve la cara manchada
Y en los dientes la resina
De todos los calabozos
Donde tus plantas crecían
Y yo…
Con mi savia a cuestas
Era el pasto que moría

Pero ahora río con ansias
Y tengo la frente altiva
En mis manos crecen flores
Que reparto con caricias
Mis pupilas no se mojan
Y tus lamentos sombríos
Murieron cuando mi alma
Se hizo un árbol con espinas

Te lo digo por si un día
Cuando el hastío te agobie
Y tu saña tenga prisa
Decides buscar mis ojos
Entre las almas perdidas

Me temo, tristeza herida
Que no reconocerás
Ni mis dientes ni mi risa

Ahora ya no soy la hierba
Que la sombra guarecía
Tengo los dientes de oro
Y el rostro que no imaginas

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